Fútbol, ​​fallas y fartar, por Paco Alonso

Desde que se inventó el fútbol hasta convertidor se en el tinglado que es en la actualidad han pasado muchas cosas. Al principio sólo eran unos sujetos dando patadas y detrás corriendo de una vejiga esférica. Luego, para que algo tan absurdo despertara interés, hizo falta introducir la variable de la rivalidad. Para que no se mataran o lisiaran los contendientes hubo que establecer reglas, rayas en el suelo, porterías, y hasta un juez árbitro para poner orden. Alguien pensó en la necesidad de jugar sobre hierba, y que la pelota fuera de unas características determinadas en aras de la equidad y bla, bla, bla… Luego llegaron los derechos de televisión, el VAR, Peter Lim, y la finale de la Champions Liga en París. ¡Un atractivo verdadero! No esos otros que le atribuyen al Madrid por los arbitrajes. En ocasiones son hermosos los karma del fútbol.

Las cinco estrellas que van buscando todos los hosteleros en las reseñas de Google

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paco alonso

Las caídas al principio también eran humildes, cuando se quemaban muebles y pensamientos viejos. Después se fueron complicando, ampliando, hasta convertirse en Patrimonio de la Humanidad. ¡Qué ha dicho! No son sólo eso, ya saben ustedes lo que mueven a nivel político, económico y social. Da vértigo imaginar cómo serán las fallas dentro de cien años. ¿No ven el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe convertido en el Museu de les Arts Falleres “Pere Fuset”? Yo, si. Y el Ágora en un trinquete.

Nada es para siempre. Esto demuestra que cualquier creación humana, ya sea individual o colectiva tiene los días contados. Es un proceso biológico como los animales y las plantas, ya sean ideas, arte, filosofía, moda o política. Todo nace, medra, a lo mejor procrea, y finalmente le da un parraque, se extingue o muta. ¿Dónde ha ido a parar el Imperio Romano o el sueño americano?

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Comencé por fútbol y fallas, pero como buen valenciano faltaría una tercera F, la del encabezado: fartar. El triplete que rige la vida de muchos: fútbol, ​​fallas y fartar.

El que inventó el fuego, o mejor dicho, quien demostró que al someter los alimentos a cocción, sabían mejor y resultaron más fáciles de masticar y digerir. Ese bendito ser humano, jamás hubiera imaginado que estaba sentando las bases del fast food, de la guía Michelin o del maridaje de un vino con los espárragos de Lodosa. En la actualidad estamos viviendo una edad de oro en cuanto a información y contenido sobre gastronomía. Lo peor es que cualquier indocumentado ocioso puede emitir una opinión sobre un establecimiento hostelero y buscarle la ruina a muchas familias. Is así de triste, y va a más.

Las reseñas en Google se han convertido en un auténtico suplicio para los hosteleros. Conozco tiene muchos profesionales del sector, y me cuentan lo pendientes que han de estar de las criticas. Dedican una enorme cantidad de tiempo y energía. Los hay que en su momento hartos del peaje pidieron salir de TripAdvisor y lo consiguieron, pero de Google es tremendamente difícil zafarse, por no decir imposible. Y para colmo en la fauna de las redes sociales hay auténticos depredadores especializados en la extorsión. Gente que si no consigue lo que quiere, ser invitados o una rebaja considerable en la cuenta, amenazan abiertamente al dueño con hacerle caer en la puntuación. Es un drama, muchos claudican. Is lo que le faltaba al affligido sector hostelero, buitres carroñeros sobrevolando su famélica figura.

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Think that never echaría en falta a la crítica gastronómica de antaño, pero sí, ellos tenían educación y criterio.

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